Amamantando… amor…
Este texto te
lo dedico a ti, Cécile. Muchas gracias por estar conmigo en aquellos días.
Placer en
estéreo.
Mis hijos se adelantaron
a la vida. Quisieron salir de mi vientre cuando apenas tenían siete mese. Pero
afuera hacía frío y ellos estaban flacos y débiles. Pudieron conocer a su madre
antes de tiempo y recibir un beso; después, tuvieron que permanecer algunos
días en incubadora. En esas cajas de plástico hacia calor, pero estaban lejos
de su madre. No podían sentirse estrechados por mí, sin embargo, me podían
saborear…
Cuando supe
que mis hijos gemelos no podían ir a casa conmigo, yo ya estaba llena de
lágrimas y de leche. Las lágrimas caían al suelo, y se desperdiciaban. A mí
leche en cambio, la rescataba. Con un aparato llamado “colector de leche”, me
exprimía los pechos. Durante horas veía cuántas onzas llevaba y cómo se
deslizaba, gota por gota, la leche en el frasco. Tenía que alimentar a dos
bebés que comían aproximadamente cada tres horas. A veces eran gotas dolorosas.
Pero eran vitales para mis hijos. Julián peso al nacer 1.700kg y Diego 1.500
kg. Necesitaban urgentemente subir de peso con el mejor alimento: mi leche que
se adecuaba a su estado prematuro.
Durante quince
días les llevé mi leche al hospital (las enfermeras se las hacían llegar por
medio de unas sondas diminutas). Con ella los hacía subir de peso, les
transmitía mis defensas y mi fuerza. Además, les daba mi sabor. Cuando
cumplieron siete días de nacidos por fin pude abrazarlos y ofrecerles mi pecho.
Al tomarlos en mis brazos, corroboré que no pesaban nada, volaban. Los acerqué
al pecho (uno por uno), olieron mi leche, abrieron sus boquitas, tomaron el
pezón y se durmieron. No tenían fuerzas para más. Poco a poco las fueron
adquiriendo. Diego y Julián se entrenaban. Cuando desde sus incubadoras oían mi
voz, empezaban a hacer chupetes con los labios. El primer día de la primavera,
Diego y Julián lograron succionar por varios minutos. Después sin soltar el
pezón, y con las bocas llenas de leche se quedaron plácidamente dormidos. Ese
día supe por primera vez que mis hijos eran felices. Y me los llevé a casa.
Durante seis
meses alimenté a mis hijos únicamente con mi leche. Gramo a gramo los hice
subir de peso. Hoy Diego y Julián tienen diez meses y yo unos conejotes en los
brazos. Todavía los amamanto. A los dos al mismo tiempo. Nos encanta. No sé qué
va a pasar cuando los destete. Cuando deje de sentir sus cabecitas calientes en
mis codos. Cuando ya no vea esos cuatro ojos que me miran, y deje de escuchar el
ronroneo de sus bocas mientras me dan pataditas en el estómago. ¿Qué voy a
hacer cuando ya no se queden dormidos entre mis brazos, satisfechos de placer?
Mis lágrimas caerán al suelo y se desperdiciarán.
Mónica Espinosa, México D.F
Creando …poesía
OTOÑO
En una mañana fresca y muy triste
Que al despertar a mi alrededor ya no existe
Los polluelos que para mi fue arrullo.
Hoy vuelven a su hogar alertas
Sollozando de alegría viendo
La existencia de la realidad en que vivimos.
Sus vuelos presurosos nos despiertan
Con el aire sagrado de sus alas
A luchar por la salud de los humanos.
No hay barreras del indio mexicano
Que la conciencia se lo grita,
Da salud a todos tus hermanos
Regresa a ver la luz del horizonte
A tus entrañas.
Que vivir la vida no es sólo un fuego
Porque el indio descalzo se levanta
A buscar de comer y se lo encuentra
Mirando el rocío que cae gota a gota
Sobre sus plantas.
Tan cual verde se miran en los campos
Que el indio por racimos las recoge
A llevarlo al hierbero o curandero
Para curar a sus hijos de sus males
Cual tan triste al llegar el invierno
Porque queman las heladas sus retoños.
Ya las aves tristes reposadas
De la cima tormenta del invierno
Esperando que llegue primavera
Para cortar sus hierbas por racimo
Y ponerlas encima del enfermo.
Siembra plantas, hermano, siembre plantas,
Que no hay cosa más linda en el mundo
Que un campo enverdecido de sus plantas.
Enriqueta Contreras Contreras
De la Sierra de Juárez,
Guelatao, Oaxaca.

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